Hace unos años, si me hubieran preguntado, mi respuesta hubiera sido clara, NI DE COÑA! De hecho podría decir, si mal no recuerdo, que en la facultad, en una asignatura llamada Taller de Trabajo Social (o algo así) la profesora nos lo decía tajantemente, en casa de las personas con las que trabajamos no se come nada, ¿capito?

 

Bueno pues eso a mi se me quedó grabado a fuego y en base a eso construí mi “¿identidad profesional?” Luego comentandolo con amigas y compañeras de profesión, todas hacíamos lo mismo, ante estas situaciones: vade retro satanás! No podemos caer en la tentación, tenemos que permanecer rectos, casi inhumanos. Después en algunas entidades en las que trabajé te recalcaban este dogma, NI AGUA! No sea que después las familias vayan diciendo por ahí que vamos a sus casas a tomar café.

 

Pues en ese contexto, en el de la típica visita a domicilio en la que te conviertes en policía y compruebas que haya luz, agua, comida en la despensa, en la nevera, ropa en el el armario, etc.; en el que haces las intervenciones familiares en domicilio, cuando vas más a las casa de las familias con las que trabajas que a las casas de tus familiares (o incluso a la tuya a veces), cuando hay una vinculación y ya se ha establecido una relación, cuando ya no es solo trabajo sino otro ser humano que necesita apoyo, y te necesita tanto como técnico, profesional con conocimientos y experiencia, como persona, en ese contexto la cosa cambia. A veces, no se si les ha pasado, parecemos robots, hacemos sota, caballo y rey y de ahí que no nos saquen. Empatizamos, pero lo justo, nos involucramos, pero lo justo porque tratamos de evitar que nos conozcan, que nos juzguen, que al fin y al cabo haya una relación recíproca y de confianza que quizás, en muchos casos, favorezca y haga que la intervención fluya.

 

Luego ves el capitulo de la Boda Roja de Juego de Tronos (tranqui no hago spoiler), la ansiedad con la que Catelyn Stark esperaba que les dieran de comer y de beber para sentirse seguros y guarecidos en Los Gemelos y piensas, pues va a ser que estábamos equivocados.

 

Hace poco en una visita a domicilio, la madre nos ofreció de muy buena gana una café, mi compañera, ante mi sorpresa, dijo “sí, claro”. Imagínense mi cara ¡un cuadro! Bueno, pues la señora desayunando y nosotras con nuestro café, tuvimos una intervención cercana y sobre todo fructífera, desde la naturalidad y normalidad. Será porque cuando aceptas lo que el otro te ofrece, también estás aceptando, de alguna manera… ¿a la persona? Quiero decir, estás confiando en ella, y cuando se inicia esa relación de confianza, es probable que todo lo demás fluya.

 

Ojo, no quiero decir que de ahora en adelante en las visitas uno vaya pensando en hacer un almuerzo, merienda o cena, no se trata de eso. Hay que tener en cuenta la persona, la situación, el tipo de intervención y sobre todo la relación existente en ese momento. Cuando empezamos a trabajar con una persona o familia es importante realizar un encuadre de la intervención, donde todos tengamos en cuenta: el objetivo para el que se trabaja, cómo se va a trabajar (sesiones, lugar, temporalidad, medición de resultados) y el lugar que ocupa cada uno. Si esto no lo hemos definido desde el inicio, en realidad, va a importar poco que nos tomemos un café, un gintonic (coña) o permanezcamos tiesos como velas delante de la persona porque no va a saber cual es su puesto, para que está aquí y que es lo que vamos a hacer nosotros.

 

Así que desde esta nueva perspectiva, y viendo que a pesar de tomarme un café en la casa de una persona con la que trabajo, el mundo sigue siendo mundo y no me han expulsado del colegio profesional, creo que voy a intentar humanizarme un poquito más, a ver que saco en claro.

 

¿Y a tí? ¿Has estado en alguna situación similar algunas vez? ¿Alguna? Seguro que en miles, ¿nos la cuentas?

¡Te esperamos en los comentarios!

 

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